
Desde anoche, al segundo de escuchar la palabra: murió. Todo duele. Ver tan triste a mi mamá por la muerte de su amiga, Naty. Esa amiga de tantos años que hoy lunes le dijimos adiós y la dejamos en ese cementerio. Por qué nos mienten al decirnos que se quedan ahí. La puta madre dolió ir a su velorio, dolió el dolor ajeno y oír el ruido de la tierra caer sobre ese cajón. Duele, me ahoga, me enoja, me desorienta y me hace dudar. Como quisiera que alguien me despierte. Hoy no me vengan con esos consuelos religiosos cuando a mi me duelen hasta las pestañas. Y la gran mierda que duele la muerte. Mi mamá esta sufriendo y yo no puedo consolarla, porque la muerte es eso que no tiene consuelo, es vacío, es ausencia, es días sin fechas, es nudo en la garganta, es extrañar hasta rogar que se acabe. Es nada.
Y ya no sé pero pasaron cinco meses y otra vez estuve en la misma sala velatoria, fui al mismo cementerio y sentí, otra vez, ese asqueroso olor a flores. Como ese viernes cuando tuve que despedirme de mi querido, a quien no le decía abuelo sino, Meri.
A quién extraño como si anoche hubiera sido 27 de noviembre a las ocho de la mañana, cuando también, llamaron y dijeron: Murió.